
Hace unas semanas Mario Arellan recibió un llamado a su celular en el que le comunicaron sobre un nuevo intento de suicidio de Jorge.
No es la primera vez que es elegido para convencer a otro de que no lo haga. Ni policías, ni bomberos pasan por la cabeza de los familiares cuando ocurre una situación tan drástica y determinante. Quien mejor que “uno de los suyos” para semejante momento.
Para quienes no estuvieron allí es difícil advertir por qué, luego de 27 años, no han podido superar aquello. ¿Por qué los suicidios siguen ocurriendo? Sólo quienes pisaron ese suelo frío, húmedo y desolado comprenden qué es lo que los lleva a tomar este tipo de decisiones, generalmente fatales. Porque la guerra de Malvinas que ellos vivieron dejó marcas muy hondas, marcas que no cierran con el tiempo.
La historia oficial dice que la guerra entre Argentina e Inglaterra comenzó el 2 de abril de 1982, duró 74 días, finalizó un 14 de junio y dejó como saldo 907 muertos, de las cuales 649 bajas pertenecen a soldados Argentinos y 258 a soldados Ingleses. La guerra había terminado. Aquel intento por recuperar la soberanía sobre esas islas ubicadas al sur fracasó.
Pero quienes lograron sobrevivir jamás imaginaron lo que les esperaba en su retorno. Aquí comenzaría una nueva historia. Una nueva guerra, aunque esta vez contra la discriminación, el olvido y el silencio.
El 7 de abril de 1982 llegó a la casa de la familia Arellan un telegrama del Ejercito Argentino comunicándole a Mario Héctor –el mayor de cinco hermanos- “presentarse lo antes posible en la unidad". Una semana después se encontraba pisando suelo malvinense, formando parte del Regimiento de Infantería n° 4 de Monte Caseros, Corrientes.
El recuerdo que le quedó de las islas es el de un lugar inhóspito, muy húmedo, donde pasó los 61 días que más lo marcaron en su vida. Pero mas allá de la guerra, dice que nunca comprendió el recibimiento que les dio la sociedad. “Llegue a pensar que mi único pecado fue defender la patria”, dice.
Desde el momento en que concluyó la guerra, fue el ejército quien dio el primer pasó para ocultar a los excombatientes, se comenzó un trabajo puertas adentro en el que se trató de minimizar la experiencia por la que estos jóvenes acababan de pasar. “Una vez que terminó el combate, los soldados fuimos trasladados hasta los cuarteles, donde todo el tiempo nos decían que no teníamos que mencionar el tema Malvinas”.
Sin dudas, la vuelta, la reinserción social, fue un proceso traumático en el que la sociedad -esa que alentó y apoyo el plan de recuperación de las islas- mostró su peor cara: la del olvido y la discriminación.
“Desde el momento en que decías que eras excombatientes te aislaban, te marginaban. Me daba vergüenza decir que era ex combatiente”, aseguró Mario con un tono que denota bronca y denuncia…“Nos sentíamos inútiles… nadie entendía por lo que habíamos pasado”.
Ese rechazo sufrido diariamente por los jóvenes llegados de Malvinas generó bronca, sensación de fracaso, y hasta los llevó a sentirse traicionados por el país que ellos defendieron con su vida.
Sin empleo, asistencia psicológica ni políticas de contención por parte del estado, muchos optaron por terminar con sus vidas.
Entre 1982-1983 se registraron 50 casos de suicidios. Esta cifra fue incrementándose hasta alcanzar actualmente las 450 victimas. De esta manera la Argentina figura como uno de los países con la tasa más alta de suicidios de excombatientes. Como respuesta surgieron los Centros de Veteranos de Guerra, cuyo objetivo es brindar apoyo y contención a quienes arriesgaron su vida durante el conflicto bélico.
En la Provincia de Neuquén el centro se fundó hace una década, su actual presidente es Francisco “Pepe” Sánchez, quien fue enviado a Malvinas cuando tenía 20 años, y nunca imaginó que aquélla experiencia de 65 días, iba a cambiar su vida para siempre. Allí se desempeño realizando trabajos de apoyo y rescate a los pilotos de los Mirage, Canberra y Hércules.
Actualmente, con 47 años, recuerda el entusiasmo y el apoyo generalizado del que fue testigo aquel abril de 1982. “Nosotros fuimos a la guerra con el pueblo en la espalda y volvimos por la puerta de atrás”.
Al igual que todos los excombatientes, padeció en su regreso el maltrato psicológico que la sociedad supo descargar sobre ellos.
En su discurso destaca que la minoría de los que volvieron se quitaron la vida por estar mutilados…“fue algo que no pudieron superar”, pero hay algo que quiere dejar claro: “Fueron muchos años los que vivimos de olvido, de rechazo, de abandono y eso es lo que llevo a muchos compañeros al suicidio”.
Sabe que la falta de contención social y profesional incidió directamente sobre los suicidios… se toma su tiempo… y mientras apunta su pecho con el dedo índice de su mano derecha, afirma: “nosotros siempre decimos que los mejores psicólogos fueron nuestros pares”.
Para ellos, el tiempo no cura las heridas. Están allí, abiertas. Pero entienden que con el transcurrir de los años fue la sociedad la que cambio el trato hacia “los chicos de la guerra”. Actualmente su imagen genera respeto, y no indiferencia como en los ’80.
Saben que esta vez la batalla es contra sus miedos, contra los gritos en su interior, que muchos optaron por silenciar con el estallido fatal de un disparo.
Será una tarea difícil, pero no imposible, para quienes supieron ganarle a la muerte en abril de 1982.
La mirada Psicológica
“Quienes han vivido una situación límite como una guerra, se ven afectados por trastornos emocionales severos que con el paso del tiempo se acentúan, esto se conoce como Estrés Post Traumático”, explicó la licenciada Valeria Brollo.
Según la OMS (Organización Mundial para la Salud), el porcentaje de afectados varía entre un 10 y un 30 % del total de las personas que debieron afrontar situaciones traumáticas.
Esta alteración emocional penetra de tal modo en el aparato psíquico que funciones como el intelecto, el juicio y la percepción se ven inhibidas. Algunos de los síntomas que se presentan son: descontento, revivir constantemente los eventos traumáticos, vergüenza, culpa, desamparo, sensación de no ser comprendido, soledad, daño a relaciones familiares, amigos, amor, sensación de “no hay futuro”, ideas suicidas.
Este trastorno irrumpe desde el sujeto a su familia, generando situaciones de conflicto, de dolor, de aislamiento; por eso es fundamental consultar a un especialista si se perciben algunos de los síntomas mencionados.
La falta de atención profesional durante la post guerra, llevó a más de 450 veteranos a optar por la única solución –según ellos- a sus problemas: el suicidio.
“El suicidio es un acto íntimo. Muchas veces la intención no es quitarse la vida, sino que lo que se busca es resolver en el momento una situación, buscando dar un alerta a su entorno”.
Muchos de los veteranos manifiestan que nunca han hecho terapia psicológica. “La terapia es un factor más de protección en la que se busca trabajar sobre lo que esta roto, debilitado, distorsionado”. Según la especialista existen tres tipos de factores de protección:
La familia es el primer factor de contención.
La religión actúa como factor de protección
La actividad laboral, cuando está ausente puede llevar a situaciones depresivas y de desesperanza.
Es importante tomar la iniciativa
Un primer paso es reconocer que hay un sentimiento de no pertenencia, de angustia, que no hay esperanzas de futuro. Luego habrá que pedir ayuda terapéutica, mas tarde se convocara a la familia, y a partir allí se trabajara para lograr insertar al afectado a la sociedad.
Los especialistas recomiendan a la familia hacer terapia, para saber como tratar a quien paso por una experiencia de este tipo. “Es muy difícil para alguien que no vivió una guerra comprender lo que padece un excombatiente.”
Siguiendo estos consejos, el veterano de guerra -aquel que defendió con su vida la patria- será testigo en primera persona de cambios que lo ayudaran a reinsertarse a la sociedad, manteniendo vínculos afectivos y recuperando la esperanza.
VEGA JONATAN, Segundo año de periodismo