
“Yo pensé que era mi salvación: irme de mi casa a vivir con mi novio, a quien conocía hace 3 meses. Pero tiempo después, estando embarazada de 8 meses, él me pegó una piña en la panza y perdí a mi primer hijo”. Así comenzó todo.
A 22 cuadras del centro de Allen, en el fondo del barrio Progreso, vive Elisa junto a 5 de sus 6 hijos en una casa de ladrillo sin terminar, de tres habitaciones, ventanas cubiertas de cartón y una puerta principal rota que deriva en una entrada trasera. El portón de entrada es de madera y está muy deteriorado. Siguiendo el camino hacia atrás se encuentra ella, con sus 42 años mal llevados.
Podría trabajar en el puerto, sin exagerar. No debe pesar menos de 80 kilos y medir un metro y medio, de ojos marrón claro, piel rosácea, manos como gigantes tenazas y cabello castaño claro que le llega al cuello.
Su vida ha sido marcada a fuego por la violencia familiar: siendo la tercera de 5 hijos sufrió abusos físicos y emocionales. Chilena, llegó al país junto con su familia a los 9 años a trabajar en la cosecha de uvas, terminó la primaria en Allen y empezó a trabajar cama adentro.
“En mi casa todos trabajábamos, y los fines de semana cuando volvía, tenia que entregar toda la plata sin poder dejarme nada, y encima plancharle la ropa a mis hermanos. Ellos sí se podían comprar lo que querían”, recuerda con ojos embroncados.
“Cuando conocí a mi marido, dije: ¡ésta es mi salvación!, lo único que quería era irme de mi casa”, comentó con un tono de voz sobresaltado. Su marido, que aquí se llamará César, la golpeó siempre, tomado o sobrio, sin importarle ni siquiera que ella estuviese embarazada. Así perdió su primer hijo, después de una trompada directa a la panza. Él la culpó. Siempre lo hacía. La situación derivó en una separación.
Sin embargo, César pidió perdón. Elisa, que se encontraba viviendo e la intemperie - en la parada vieja de Neuquén- y, no quería por nada del mundo regresar a la casa de sus padres, le dijo que sí. César no cambió su hábito de golpear, sólo disimuló. Elisa se resignó y sometió hasta el punto de no poder ni siquiera planificar el nacimiento de sus hijos, pues su marido se lo impedía y le tiraba las pastillas anticonceptivas. Por aquel entonces nacieron tres de ellos, separados por un año cada uno. La violencia se agravó. Su hija mayor - que tenía 5 años- y presenciaba cuando golpeaban a su madre, atemorizada le dijo: “vámonos mamá”. La gota que rebasó el vaso fue que Cesar junto a su hermano la amenazaron de muerte.
Elisa se animó a denunciarlo. No había opción: Estaba determinada a abandonar su casa, por lo que ignoró las otras alternativas que le presentó el juez.
Después de convivir una semana en la casa de una familia amiga, tomó terreno en lo que actualmente es el barrio Progreso, conformado sólo de tomas. Allí con materiales que la municipalidad le donó levantó una pieza de cantonera con techo de chapas. El juez le ordenó al padre de los niños limpiar el terreno y pagar la cuota alimentaria que sólo abonó 4 meses.
No obstante lo que podía vislumbrar como una esperanza de tranquilidad y paz, se opacó porque Elisa estaba otra vez embarazada y se dio cuenta que “no podía sola”. Volvió con Cesar. La relación mejoró, los golpes ya no estaban presentes porque había un juez atento. Sin embargo el tiempo pasó y regresó la violencia física para Elisa y la emocional para sus 6 hijos. La decisión final fue sacar para siempre a su esposo de la casa. El magistrado la respaldó.
Hace 5 años vive sola con sus hijos y amanece una nueva relación amorosa con otro hombre. Como la mayoría de las victimas, Elisa es una mujer callada, tímida, y discreta. Pero ahora está conociendo la felicidad. Y sabe lo que es la tranquilidad.
Pero Elisas, como la antigua, son las que sobran en Allen. El juez de la localidad, Miguel Vilá confiesa: “se incrementaron los casos de violencia familiar en la ciudad. En lo que va del año el juzgado de paz recibió 70 casos, lo que equivale a uno por día”.
Para Vilá las denuncias se incrementarán, sobre todo por los desbarajustes que se produjeron durante la última cosecha, con grandes pérdidas para muchos productores y empresarios. Según estimó, el 90% de los casos que recibe el Juzgado de Paz tienen origen en factores económicos. Mirando fijó y con seguridad dijo: “si la pareja no está consistente, se desborda”.
Vilá, quien hace un año asumió el cargo de “juez”, pero durante varios fue mano derecha de su antecesor, señaló que “es preocupante la desvalorización de la mujer, su temor a reclamar ante las autoridades, y lo que lo es más aún, es que se culpan por el maltrato”.
Desde su despacho repleto de papeles, el subcomisario de la unida sexta, Bruno, señaló que el número de denuncias de mujeres golpeadas “se mantiene, por el temor a quedarse solas con los hijos”. El uniformado reveló algo que se rumorea pero que nadie confirma: en Allen, los hombres de plata también golpean a sus mujeres. Y cada vez son más los casos. “Lo que sucede es que las esposas maltratadas lo hacen de forma encubierta; ponen un abogado y no van al juzgado a hacer la denuncia”. En esos casos “juega mucho la reputación del apellido y el prestigio de la familia”, afirmó.

Llama la atención también el caso de un abogado que tiene “orden de exclusión” de su casa por violencia familiar. Está determinación judicial “se debe al peligro y riesgo que corre la vida de sus hijos y su esposa con su presencia”, confirmaron desde la fiscalía en comisaría de la cuidad. También ofrecieron un dato alarmante: el año pasado una de cada 10 denuncias era por maltrato; mientras que éste año son 6 de cada 10.
A partir de la ley provincial de violencia familiar 3040, promulgada en 2003, el juzgado de Paz comenzó a trabajar en conjunto con la Unidad Ejecutiva Local (dependencia de la Municipalidad), una organización que también recibe en forma autónoma denuncias de violencia familiar.
La unidad recibe casos desde el Juzgado, la Fiscalía, el hospital y la comisaría y a partir de ello, se encarga de enviar asistentes sociales a los hogares, que realizan un seguimiento de la situación y luego elaboran un informe.
Mirian Morales, una empleada administrativa de la organización, señaló que con ese mecanismo “han minorizado la violencia”. Con una actitud de incomodidad, manifestó que las mujeres de la ciudad “se concientizaron de que la violencia no se ejecuta sólo físicamente, también en los ámbitos emocionales y psicológicos”.
La Unidad Ejecutiva Local registró el año pasado un total de 93 casos de violencia familiar, 49 con víctimas mayores y 44 de menores.
María, la secretaria de la fiscalía, quien recibe diariamente tanto a las mujeres golpeadas como a los agresores, describió el perfil de un golpeador como el de una persona con dos facetas: para los amigos, los compañeros de trabajo, o vecinos es alguien solidario, una buena persona, “alguien de quien es imposible creer que golpea a su mujer”; pero de la casa para adentro es un moustro.
Según mujeres que sufrieron maltrato, después de golpearlas su conyugue abusa de ellas, se disculpa y promete que no lo hará más. Su método de convencimiento son las lágrimas. Llorar como una criatura pidiendo perdón. La mujer por su parte, siempre tiene la esperanza de que vaya a cambiar, si no es por ella, por los hijos.
Frente a las autoridades un golpeador generalmente se excusa diciendo que su mujer “lo provocó”, que “ella lo lleva a reaccionar así”. Otros, descaradamente, lo niegan. Los hombres coinciden –la mayoría- en que la mujer lo desafió, lo degradó y desvalorizó sexualmente.
Según María, un agresor “no reconoce que necesita ayuda” porque para él es normal golpear a su mujer, ya que- generalmente creció en un entorno de violencia.
“El orgullo, sumado al ego masculino es igual a ver inferior a la mujer y considerarla como una propiedad”, explicó. Ésta es la formula de la que se valen muchos maltratadores, que golpean salvajemente a su mujer delante de sus hijos. En muchos casos, esos mismos hijos enfrentan a su padre, algunos hasta con armas.
En otros, la cadena continúa. Ese mismo hijo que ve cómo su padre golpea a su mamá, va incorporando conductas violentas. En algunos casos, como sucedió en Allen, después de que finalmente se acaba el calvario con su marido, una señora lo empieza a vivir con sus hijos. Éstos la humillan, la golpearla. Y así, el infierno vuelve a surgir.
Valeria Mercado, segundo año de Periodismo.
En el mundo entero se viven situaciones como esta, no todas son notificadas y muchas son calladas, pero si logramos tomar consiencia de que tenemos derechos,que podemos ser tan o mas luchadores que los hombres entenderemos que nuestros hijos tendran un futuro mejor, felices y sin violencia. resguardar la felicidad de nuestros niños deveria ser lo mas importante y eso es que nosotros como padres seamos felices.Las personas nos dañaran mientras nosotros se los permitamos.....
ResponderEliminaryo soy una mujer maltratada y ya no aguanto tengo un hijo de tres anos y lo peor wa que el me golpea en presencia de el y mi bebe llora mucho pero este animal solo me golpea cuando estoy con mi hijo, aveces tomo valor y quiero dejarlo pero el siempre me convence y promete cambiar pero a los pocos dias es lo mismo yo soy joven apenas con 24 anos y sufro mucho el me da de todo no me falta nada pero no me valora y se que tengo que valorarme yo primero pero yo pienso que hag si lo dejo yo estudio y no trabajo soy de quevedo ecuador si alguien me puede ayudar con un trabajo para seguir mi carrera lo agradeceria muchisimo
ResponderEliminar