Violeta camina hacia el bajo de la ciudad con pasos rápidos. El frío de la noche no es una buena compañía en el otoño neuquino. Carga una pesada mochila negra en su espalda y unas viejas frazadas entre sus brazos. Un debate en la universidad y 4 horas de cursado de historia precedieron este instante. Esta contenta, es sábado y hay actividad en “El galpón”. Esta Noche se cumplen dos años de toma de la “Vieja Usina”. Esta vez no pudo ayudar a la limpieza del viejo edificio, pero va a ser parte de una de las muestras, la de los recuerdos del día que se ocupó “La vieja usina”.
“Nosotros solo le dimos vida a un espacio fuera de uso, totalmente abandonado hace bocha de años. El estado nunca hizo nada para fomentar cualquier tipo de actividad, menos la artística. Ahora desde que estamos acá se acordaron que existe este galpón, ahora quieren que sea hasta monumento histórico, pero antes nunca nadie se calentó en venir a sacar un yuyo acá”.
Damián explica a quienes participan por primera vez de un encuentro lo motivos de la usurpación mientras enseña orgulloso los arreglos hechos al viejo edificio a fuerza de ingenio y reciclaje. Su novia lo mira desde lejos mientras acomoda las fotos que recuerdan la noche de usurpación del lugar.
La noche va tomando formas urbanas, distintas tribus confluyen en El galpón: puncks, hip hoperos, artesanos, chicas vestidas para ir a bailar, es una mezcla bastante rara y poco habitual.
María es de estatura baja, tiene puesta una boina negra y lleva su pelo suelto ondulado hasta el hombro. De bello rostro, sentada arriba de una mesa observa el ambiente callada, toma cada tanto un poco de cerveza de la botella, y cuenta: “Acá vas a ver gente re distinta, ¿que nos une? El respeto, el cansancio de sentirte pisoteado, pero sobre todo el amor por la libertad. Eso creo que debe ser”.
Nada de eso pensaban los antiguos propietarios de este terreno emplazado en calle San Martin al 775, una vieja estructura estatal en desuso, que a principios del siglo pasado fue un comercio que vendía artículos de campo, en el ’36 se transformó en la primera usina privada que abastecía a Neuquén y en tiempos modernos mutó en los talleres de la E.N.E.T. N °1, antes de ser abandonado.
La historia ya no cuenta. En la actualidad, a pesar de que un aire de anarquía reina en el ambiente, hay roles definidos. “Las acciones y propuestas que sostenemos no son improvisadas, no lo fueron cuando lo decidimos y no lo son hoy. Tienen una dirección clara y una estrategia, aunque claro, por ahí la cosa se desbanda y puede terminar para el culo o al contrario armar algo mucho mejor de lo que habíamos imaginado”, explica Guille desde la única barra de la fiesta.
Un hip Hop de letras de protesta suena en el aire, hay gente que baila, gente que simplemente bebe, el proyector sigue mostrando fotografías en la pared. Violeta esta cansada y decide irse a dormir arriba. Son 5 dormitorios, los chicos duermen separados de los mayores, abajo hay una cocina, un lugar de reuniones y una biblioteca de material “libertario”. María busca otra botella de cerveza. Carolina habla de la toma. “Cuando nos juntábamos el grupo era muy heterogéneo, docentes y alumnos de historia, gente de servicio social, algunos militantes teníamos que ver mas con el ámbito universitario, pero también habían artistas callejeros, malabaristas, teatreros y chicos punk. El lugar elegido no fue casual, habían tres posibilidades de toma, y este fue elegido por ser del Estado. señaló la profesora de Plástica que vive en El Galpón junto a su hijo.
La idea de la usurpación daba vuelta desde mucho tiempo antes en las cabezas de los artistas. Pero el asesinato del maestro Fuentealba lo cambió todo. Mientras la provincia se incendiaba y el gobernador Jorge Sobisch daba excusas que no conformaban, ellos decidieron usurpar la Vieja Usina en mayo de 2007. Tenían una certeza: de allí las fuerzas del orden no actuarían justo en ese momento.
“Sabíamos que no nos iban a sacar, habían pasado solo 30 días de la muerte del maestro Fuentealba, y el clima reinante en la ciudad no le iba a permitir al gobierno otra represión”.
¿Como se da la convivencia?
“Acá vivimos 18 mayores y 8 chicos. Todos en paz y con mucho respeto. Nuestro anarquismo tiene que ver con la idea libertaria sobre todo, no todos aquí son anarquistas. Si con la idea del respeto, de la libertad, y que para hacer algo hay que luchar y conseguirlo y no llorarlo o esperarlo del Estado. Esto es una muestra de que se puede”.
Así y todo, sienten una intranquilidad visceral. Saben que adentro del lugar están a salvo, pero se sienten perseguidos cuando pisan la calle. Entienden que el gobierno no actuará por la fuerza ante la opinión pública, pero juran que las intimidaciones policiales son constantes. “Muchas veces pisamos la vereda y vamos a parar a la cárcel sólo por ser del grupo El Galpón”, aseguran.
La vieja Usina es una especie de doble caja. Desde afuera se ve un gran galpón de ladrillo a la vista, los primeros tres metros de pared fueron pintados con cal y ocupados lentamente por murales. Sin puertas de entrada al exterior y con los vidrios rotos y ventanas de caros herrajes que hablan de un lugar que vivió épocas mejores. Un portón negro es la única entrada al lugar, un improvisado pizarrón anuncia las actividades que se pueden desarrollar en el lugar. La muestra en el interior de la misma refleja algunos momentos vividos por sus habitantes, recortes de “la lucha” y promesas incumplidas por parte de funcionarios de turno.
Decía el diario “Río Negro en abril de 2006, 13 meses antes de la toma: “El secretario de Cultura de la provincia, Reinaldo Labrín, aseguró que ‘si no es este año, a más tardar en 2007 el teatro estará construido". Labrín aludió al proyecto de edificar una sala en la vieja usina de la calle San Martín entre Jujuy y Fotheringham, que se complementa con la iniciativa de otro teatro en los terrenos que pertenecieron al Ejército en el barrio La Sirena. Labrín dijo que los planos ‘ya están listos’ .La coordinadora del área, María Alejandra Martínez Fabi, dijo que el proyecto del teatro en la vieja usina está en su fase final, ya que restan los estudios técnicos de acústica y para el escenario, que debe ser apto para representaciones teatrales y de ballet”.
El extinto semanario 8300 entrevistaba en julio del mismo año a Labrín: “A mi cuando ustedes ponen los medios que artistas toman la Vieja Usina, ustedes no tendrían que hacer eso. No se le puede poner el mote de artista a cualquiera; porque se le está haciendo un mal terrible a unos chicos que ni siquiera entraron a un centro a estudiar nada. Que yo tire para arriba unas clavas, no quiere decir que sea un artista. Artista es otra cosa, porque estamos creando en la sociedad un concepto tan serio totalmente deformado. Y da lo mismo, “se gual”... Quizás sean pibes con inquietudes. Pero de ahí a que estén formados... No. Lo que está en discusión es que tomen un lugar. Que hagan una usurpación. Avalada, además, por un abogado que quiere ser intendente. Y que quede claro esto de que es una usurpación. Entonces no podemos fomentar ese tipo de cosas, ¿por qué las vamos a fomentar?”
La fiesta continua: Guille galponero, micrófono en mano dice unas palabras a los presentes: “En esto dos años nadie ha venido desde el Estado como gestión cultural a hacernos propuesta alguna, tampoco la queremos. Sí se han encargado de mandar la policía, de eso no se olvidan.” Los silbidos y aplausos dan lugar aun brindis.
La vieja Usina ha vivido muchas historias, y ésta tiene final incierto. Los usurpadores no tienen interés en hablar con el gobierno que, según una alta fuente de la subsecretaría de Cultura, no se preocupa por ello y cajoneó el tema para evitar conflictos en épocas electorales. Mientras tanto, los ‘galponeros’ le dan vida al ajado lugar.
La noche termina y para algunos es el regreso a sus hogares. Violeta, Damián, Carolina, María, Guille y otros 12 chicos terminan el festejo y continúan su lucha y resistencia. Desde un pizarrón se puede leer: “Okupa tu vida, okupa tu espacio, tus sueños,tus ideas, tus manos, tu amor. El Galpón Mayo 2009.
Walter Barros, Redacción Periodística III.